La Habana no piensa ceder, pero los cubanos de a pie ya no tienen tiempo que perder. Mientras el Gobierno de la isla se planta ante la presión de Washington, la población enfrenta la peor crisis de sus vidas: apagones interminables, pensiones que no alcanzan ni para un poco de comida y una desigualdad que hoy se ve en plena calle.
La presión de Trump y la respuesta de La Habana
En su segundo mandato, el presidente Donald Trump intensificó las sanciones económicas contra Cuba hasta niveles sin precedentes, cortó el suministro de petróleo que necesita la colapsada red eléctrica de la isla y ha amenazado con acciones militares, al sugerir que, tras Irán, barcos estadounidenses podrían pasar cerca de las costas cubanas. Washington exige que La Habana abra su sistema político y su economía, permita a los exiliados regresar e invertir con mayor libertad y ponga fin a sus alianzas con Rusia y China.
La respuesta del Gobierno cubano ha sido de resistencia: sus autoridades aseguran que no aceptarán ningún acuerdo bajo coacción. El canciller Bruno Rodríguez Parrilla ha dicho que son las políticas de Estados Unidos las que tienen que cambiar, con este Gobierno o con los siguientes. Tras más de seis décadas de sanciones, los dirigentes de la isla parecen apostar a resistir hasta que termine el mandato de Trump. El pulso se vio incluso en Naciones Unidas: en la sesión anual sobre el embargo, Rodríguez intentó interrumpir al embajador estadounidense Mike Waltz mientras criticaba al Gobierno cubano, y el intercambio subió de tono ante la Asamblea General.
Washington busca aprovechar las grietas
La estrategia estadounidense pasa también por las fracturas internas. El secretario de Estado, Marco Rubio, publicó un mensaje dirigido a los cubanos que buscan un cambio, en el que aludió a las promesas incumplidas, la corrupción y las vidas privilegiadas de unos pocos, e invitó a colaborar discretamente con la CIA. El diplomático cubano Carlos Fernández de Cossío respondió que Washington recurre a anuncios públicos de reclutamiento. Detrás del cruce está una apuesta evidente: que el malestar por la desigualdad termine resquebrajando al sistema desde adentro.
La desigualdad, a la vista de todos
Y es que la brecha es cada vez más visible. Según un análisis de CNN desde La Habana, un pequeño grupo ha amasado fortunas en poco tiempo importando gasolina, alimentos y otros productos escasos, aprovechando los vacíos que dejan el embargo y las restricciones internas. El contraste golpea: mujeres con niños pidiendo limosna en los semáforos, mientras por las mismas calles circulan automóviles Audi y Tesla nuevos.
El símbolo más citado es una tienda gourmet habanera pensada para las élites, con cortes de carne wagyu, caviar ruso y aceite de oliva español: allí, un solo trozo de carne congelada cuesta unas diez veces el salario mensual promedio de un trabajador cubano. El Gobierno anunció reformas y, por primera vez, sus autoridades han dicho que los cubanos pueden acumular riqueza, en una apertura cautelosa hacia formas de capitalismo; pero muchos en la isla se quejan de que los beneficios llegan solo a los círculos privilegiados y a quienes tienen los contactos adecuados.
Una pensión de menos de cinco dólares
Del otro lado de la brecha están los de siempre. Antes del amanecer, jubilados hacen fila frente a los bancos estatales hasta tres horas antes de que abran, intentando cobrar pensiones que los apagones les han impedido retirar durante días. Un trabajador de la construcción jubilado, Armando Ruiz, contó que su pensión mensual es de 3.900 pesos: menos de cinco dólares al cambio del mercado informal, en un país donde el peso se desploma. Según él, apenas alcanza para comprar un poco de comida.
El Gobierno cubano, en su informe ante la ONU, calculó las pérdidas por las sanciones estadounidenses en 8.056 millones de dólares entre marzo de 2025 y febrero de 2026, la cifra anual más alta de sus registros; Washington, por su parte, sostiene que el embargo es una respuesta a la represión y a los fracasos del propio modelo. Entre ambas versiones, funcionarios cubanos admiten en privado otra cuenta: si Trump sigue absorbido por la guerra en Irán y sale golpeado de las elecciones intermedias, la presión sobre Cuba podría perder prioridad en su agenda. Para los cubanos que hacen fila sin luz y sin dinero, sin embargo, esa espera se mide en días, no en calendarios políticos.
Por La Primicia Digital

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